*Publicado en El Norte el 27 de febrero del 2016
Durante su campaña como candidato a Gobernador, Jaime Rodríguez declaró con orgullo no ser rico, que le gusta vivir en su rancho, rodeado de sus animales y sin ambiciones económicas, sólo lograr que la tierra que trabaja le dé de comer a él y a sus hijos.
En la antípoda de este discurso se encuentra Donald Trump, quien con soberbia e inclusive endiosamiento, presume su fortuna de 8 mil millones de dólares, su Boeing 757 y se autocalifica en repetidas ocasiones como una persona sumamente exitosa e inteligente.
De entrada Jaime Rodríguez y Donald Trump parecen ser dos personajes con historias distintas y poco en común. Sin embargo, ambos tienen una gran similitud en el terreno político: su habilidad por cambiar las reglas del juego electoral.
Cada uno, muy en su propio estilo, emplea o empleó una estrategia electoral muy similar.
Por ejemplo, Trump, tal como lo hizo “El Bronco”, utiliza una retórica que se construye sobre el desencanto ciudadano para con el statu quo político y gira su campaña en torno a una ruptura total con éste.
En Nuevo León, el hartazgo hacia el bipartidismo fue tanto que “El Bronco” logró el 48.86 por ciento de los votos, superando el agregado de los obtenidos por el PRI y el PAN.
Hoy Estados Unidos vive una crisis de credibilidad en el Gobierno enfocada especialmente a los “Washington insiders”.
De acuerdo con un estudio de Pew Research Center y Gallup, la confianza de los estadounidenses se ha desplomado en la última década. En 2002, más del 50 por ciento de ellos decía confiar en el Gobierno. Hoy sólo es el 19 por ciento.
Trump y “El Bronco” irrumpen en tiempos de crisis partidistas y de confianza gubernamental, y saben tomar ventaja de esto.
“El Bronco” lo hizo como un candidato independiente, en contra del bipartidismo y la corrupción; Trump lo hace como un “outsider”, una celebridad prácticamente sin historial político y un empresario autodenominado exitoso y talentoso.
No sólo eso, sino que han buscado -o buscan- construir una campaña alrededor de su persona. Jaime Rodríguez lo hizo alrededor de su pasado austero, mientras que Trump lo hace alrededor de su currículum como empresario.
Los dos rompen con el protocolo político. En sus campañas abundan declaraciones controversiales, acusaciones fuertes y emplean un vocabulario poco usual en el medio político, inclusive con palabras altisonantes.
Son directos, ásperos al hablar, sin preocupación por decir cosas políticamente incorrectas. Parafraseando al propio “Bronco”, se basan en el mantra “al diablo con el protocolo”.
Conocen los temas que molestan a los votantes, que causan controversia, que orillan al electorado a tomar una postura, como lo es la inmigración o el bipartidismo. Son habilidosos en explotar temas que, agregados a su lenguaje y forma de expresarlos, acaparan la atención de los medios, para estar en medio de la conversación de los votantes.
Le apuestan a estar, de manera orgánica y sin pagar publicidad, en los encabezados, en los “trending topics” y los temas de los distintos noticieros.
Parece que esta estrategia suele funcionar. “El Bronco” arrasó en Nuevo León y los resultados de las primarias parecen sugerir que los votantes republicanos (y quizás demócratas e indecisos también) prefieren pagar por ver y jugársela a romper con el esquema tradicional.
Sin embargo, a pesar de la similitud en su estrategia electoral, ambos personajes tienen una importante discrepancia: las propuestas de Trump, en lugar de unir a la ciudadanía como lo hizo “El Bronco” en Nuevo León, la radicalizan y la dividen.
Por eso el magnate no la tendrá fácil y no arrasará como lo hizo Jaime Rodríguez en Nuevo León.
Tarde o temprano, Trump tendrá que pagar el precio de su radicalización.