Servidora pública

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*Publicado en El Norte el 29 de diciembre del 2016

Cuentan de un pequeño pueblo en los años 60 que apenas contaba con una calle pavimentada llena de pozos y baches, donde los vehículos preferían circular por la tierra. De un lugar donde el Gobierno municipal no tenía los recursos necesarios ni para remover la basura de las calles.

Un pueblo que vivía bajo un contexto nacional donde apenas 11 años antes la mujer no tenía derecho a emitir su voto. En donde un Gobierno autoritario encarcelaba, golpeaba y desaparecía a disidentes y críticos de su filosofía política. 

Fue ahí donde una valiente mujer decidió lanzarse a escribir su historia y cambiarle la cara a ese poblado.

Lo hizo en una sociedad donde la mujer no tenía espacio en la política, a tal grado que ninguna había logrado ocupar un puesto en el Poder Ejecutivo.

Fue en 1967 cuando Norma Villarreal de Zambrano –fallecida el martes a los 94 años– logró convertirse en la primera Alcaldesa del País por un partido de oposición en este pueblo, de nombre San Pedro Garza García.

Una mujer que rompió con los paradigmas establecidos. Que buscó la manera de generar recursos a como fuese lugar, inclusive oficiando matrimonios civiles para generarle una entrada al Municipio.

Una mujer que fue capaz de traerle servicio de recolección de basura, pavimentación de calles y que atendió las grandes carencias de la gente con un Municipio sin personal ni dinero en Tesorería.

No sólo se atrevió a tomar un micrófono y alzar la voz en un contexto donde la mujer no era escuchada, sino que logró ganarse el respeto y la admiración de los Gobernadores en turno del PRI: Eduardo Livas y Eduardo Elizondo.

Pero más allá de su valentía, doña Norma Villarreal ha sido el más claro ejemplo de lo que significa ser servidor público: tener un profundo compromiso con su patria sin el afán de buscar ningún beneficio personal.

Fue tal su vocación por el servicio que convenció a su madre de renunciar a su nacionalidad estadounidense para poder aventurarse en el mundo de la política.

No fue una servidora seducida por los titulares de los periódicos o por los puestos subsecuentes que pudiera lograr. Al contrario, fue una funcionaria dispuesta a servir al grado que abría las puertas de su propia casa para escuchar y servir a su comunidad.

Cuentan sus hijos que en múltiples ocasiones recibían a familias enteras que caminaban desde muy lejos, generalmente con hambre y frío. Ella misma les brindaba espacio en su casa y les preparaba comida hasta resolver cómo ayudarles.

Doña Norma ha sido un ejemplo del arquetipo del funcionario público que parece estar extinto en México y del cual estamos tan necesitados. Servidores cuya función pública sea catalogada como profesional, ejemplar e intachable.

Una servidora pública que cuando se le cuestiona qué sintió al haber sido la primera mujer en el poder, responde: “No lo pensé de esa manera, sólo quería limpiar el pueblo y ayudar a la comunidad a vivir con más dignidad”.

Alguien que jamás se vio como política, sino como servidora. Alguien que, como lo apunta su hija Norma, “veía en ella la búsqueda del bien común, la dignidad de vida de la gente y atender a la gente más necesitada. Ésa era su motivación a trabajar y hacer lo que pudiera, y organizar lo que se pudiera con tal de lograrlo”.

Pero sobre todo, fue una servidora pública congruente con su actuar y decir; íntegra en su vida pública y su vida privada, fue meramente excepcional.

Logró tomar las riendas de un municipio en un contexto difícil para la mujer sin descuidar su rol como esposa y madre de nueve hijos.

Fue promotora de los valores familiares y las tradiciones al inculcarlos de primera mano en su familia y extenderlos a su gran familia que fue la gente de su pueblo.

Una servidora pública con características que son tan requeridas en México, pero son tan escasas.

Cómo añoramos que nuestros políticos compartan las mismas convicciones y deseos de servir que impulsaron a doña Norma a ver por nuestro municipio.

Descanse en paz.

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Eugenio Garza

Buscando un mejor México.

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