*Publicado en EL NORTE el 10 de septiembre de 2017
Hace algunos años me tocó participar como miembro organizador de un viaje a México que los mexicanos en Harvard ofrecían para el resto de los estudiantes.
Entre los apuntados estaba Norma Torres, una joven mexicana quien yo asumí que, al ser estudiante en Harvard, contaba con al menos residencia norteamericana.
Me sorprendí cuando supe que Norma era indocumentada. Era una de los cerca de 800 mil jóvenes protegidos por el programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, por sus siglas en inglés), y había obtenido el permiso de “advance parole” para salir del país y participar en este viaje.
La historia de Norma, documentada por EL NORTE en mayo del año pasado, no difería mucho de lo que uno podía suponer de los llamados “dreamers”, chicos que llegaron al país vecino antes de los 16 años de edad, y que gracias a un decreto del Presidente Barack Obama en 2012 podían estar en paz estudiando o trabajando, siempre y cuando renovaran un permiso cada dos años.
¿Cómo llegó Norma allá? Ante la falta de recursos para comprar los útiles escolares de Norma y la medicina de la abuela, su madre Carmen Torres decidió dejar Queretaro y arriesgarse a cruzar la frontera de manera indocumentada en el año 2000. Con ella llevaba a Norma, que en ese entonces tenía 9 años de edad.
En Estados Unidos, Norma se encontró con una nueva infancia. Poco a poco fue cambiando los tacos por sandwiches de “peanut butter and jelly”. Asimiló Estados Unidos como su patria y su tierra. Fue ahí donde tuvo la oportunidad de educarse y ser becada en Rice y Harvard.
Los “dreamers”, aquellos jóvenes que como Norma cruzaron sin papeles y se encuentran indocumentados, están en riesgo inminente de ser expulsados de su país debido a motivaciones más allá de lo comprensiblemente humano, y más relacionadas con lo político. O con la mezquindad política, para ser precisos.
La decisión de Donald Trump de cancelar el DACA demuestra ser una medida desesperada por “lograr algo” más que la implementación de una política pública bien fundamentada.
Desde que asumió la Presidencia, Trump ha demostrado, ante opositores y seguidores, su falta de capacidad para dar los resultados que prometió en campaña.
No ha construido su muro ni ha logrado que México lo pague. No pudo revocar el programa de salud conocido como “Obamacare”. Su poder de negociación que tanto presumió no ha rendido frutos. Se ha topado con dificultades en la mesa de negociación del TLCAN; no ha habido tampoco negociaciones con China o Irán.
Tuvieron que pasar ocho meses como Presidente para que por fin lograra algo (que es parcial) con el Congreso norteamericano: la negociación de la deuda y presupuesto público.
Ante este escenario, y desesperado por lograr por lo menos un resultado cercano a sus promesas de campaña, atentó contra los más vulnerables: los jóvenes indocumentados.
Bien mencionó Jorge Ramos ayer en estas páginas que aquel “mismo Presidente que dijo tener ‘un gran corazón’, tomó una medida llena de crueldad”.
Se fue detrás de quienes llegaron a los Estados Unidos sin haber sido ellos quienes tomaran la decisión. Jóvenes que han crecido, estudiado y trabajado en aquel país. Jóvenes sin ningún récord criminal y con ganas de aportar.
Se amparó en el argumento de que el programa establecido por Obama era ilegal al ser una orden ejecutiva y no una ley aprobada por el Congreso. Esto a semanas de haberle otorgado perdón a Joe Arpaio, ex alguacil acusado de violaciones raciales.
Pero paradójicamente, la cancelación del alivio migratorio para los “dreamers” ha vuelto poner en la agenda política el tema migratorio. Trump ha revivido el movimiento “dreamer” que se había moderado tras la inclusión de DACA.
Ahora Nancy Pelosi y Chuck Schumer, respectivos líderes demócratas en el Congreso y Senado, han anunciado que no descansarán hasta que no se apruebe la protección a “dreamers”.
Al proyecto de ley propuesto por el congresista republicano Lindsey Graham se han sumado ya nueve más, tres de ellos republicanos.
He conocido “dreamers” y sé de qué están hechos. Ellos conforman un movimiento que no descansará hasta que les hagan valer su aportación a la tierra que consideran como suya. Estoy seguro que saldrán de esta momentánea pesadilla a la que los arrojó Trump. Y entonces su sueño más alto se hará realidad.