* Publicado en EL NORTE el 21 de Septiembre de 2017
Cerca de las 7 de la tarde del martes, Anwar Esquivel publicó en Facebook: “Señores, ¿hay alguien que quiera ser voluntario para recoger escombros? Salimos de mi casa en una hora, se necesitan tapabocas, picos, palas y muchas ganas de ayudar”.
Anwar, fotógrafo profesional, decidió dejar a un lado su cámara. En lugar de retratar los momentos que vivía la Ciudad de México, tomó unos guantes y una pala para ayudar a niños y adultos que quedaron sepultados entre los escombros.
Reunió a más de 20 personas que salieron a salvar vidas afectadas por un sismo que, en medio de la tragedia y el dolor, nos deja por lo menos dos grandes lecciones.
La primera es un abrir de ojos de lo que podemos lograr cuando dejamos atrás nuestras diferencias y nos enfocamos a rescatar a nuestro País. Y es que México dio pie a una de sus más grandes esperanzas.
Han sido miles de personas que, como Anwar, salieron a las calles a brindar ayuda. Se formaron cadenas humanas de varios kilómetros para hacerle llegar a los afectados agua, alimentos, suero y medicinas. Personas de distintas edades, clases socioeconómicas, sexo, religión, ideología política e incluso nacionalidades.
Muchos apoyaron para dirigir el tráfico y guiar multitudes. Otros en sus autos daban “aventón” a quien lo necesitara.
Ciclistas, motociclistas y peatones abrieron paso a las unidades de emergencias. Restaurantes y fondas prepararon comida para repartir. Casas abrieron sus puertas a afectados y se convirtieron en unidades de carga eléctrica.
Empresas de telefonía móvil, de transporte y farmacias ofrecieron gratis sus medios y servicios para atender necesidades de los afectados. Amazon usó su plataforma para coordinar logística y entrega de artículos.
Las redes sociales y aplicaciones de pagos en línea permitieron a todo el País sumarse al esfuerzo sin importar ubicación.
Aquí en Monterrey se instalaron numerosos puntos de acopio y se activaron campañas para recaudar fondos. La Cruz Roja, de iniciar el día con 20 voluntarios, terminó con más de 250. Unidades de Protección Civil y Bomberos salieron a la capital a apoyar con labores de rescate.
La solidaridad masiva captó las portadas de medios del mundo. Pero, sobre todo, nos demostramos a nosotros mismos que juntos podemos salir de ésta.
La segunda lección es que aún estamos lejos de estar preparados ante contingencias de este tipo. Se pensaba que un sismo de esta magnitud se repetiría a cientos o miles de años de distancia. Ocurrieron dos con tan sólo tres décadas de distancia.
Huracanes, sequías y demás fenómenos naturales –sismos incluidos– se han convertido en una amenaza constante, y los expertos sugieren que debemos estar preparados para recibirlos con mayor frecuencia.
Sin embargo, nuestro País parece continuar viviendo de la improvisación más que de la planeación.
Es cierto que hay protocolos, planes de contingencia y acciones de emergencia por parte de nuestras autoridades, pero ¿son lo suficientemente sólidos y efectivos?
¿Se cumplen las normas, por ejemplo, para construir edificios? ¿Las edificaciones antiguas están siendo evaluadas periódicamente para prevenir daños o tragedias como la del martes?
Autoridades y políticos deben estar a la altura. Un buen paso sería que los partidos compartieran el ánimo de solidaridad: ¿se atreverán a donar los casi 7 mil millones que tienen para derrochar en campañas, sin atraer reflectores o sacar raja de la dolorosa situación?
¿Que por ley no se puede hacer esto? ¡Qué cómodos! ¡Modifiquen entonces la legislación, éste es un caso de extrema urgencia!
México demostró esta semana de lo que está hecho. Falta que las autoridades hagan lo mismo.
Como dice la canción: México, “canta y no llores”. Cantemos y sintámonos orgullosos de ser mexicanos, pues a pesar de la tragedia y los obstáculos, mostramos tener con qué sacar al País adelante.