*Publicado en El Norte el 27 de junio de 2019
Tan pronto concluyó el año escolar, aproveché para viajar con mi familia a Dallas el fin de semana. Mis hijas son pequeñas y, afortunadamente, los centros comerciales aún no les son atractivos.
Pasé tres tardes en espacios públicos. Una de ellas en un museo y las otras dos en parques municipales. Parques no muy grandes, “de esquina”, gratuitos y con un nivel de infraestructura, mantenimiento y operación que en Monterrey sólo lo he visto en Parque Fundidora.
Sin gastar un dólar, Dallas nos ofreció un par de tardes de esparcimiento, diversión y convivencia. Mis hijas se subieron a la camioneta preguntando si podíamos volver pronto.
Al regresar a Monterrey me topé con un horroroso contraste. Manejando por ciertas zonas del municipio di con varias esquinas con “parques” municipales. Espacios que asemejan más terrenos baldíos que para el esparcimiento.
Juegos infantiles rotos y oxidados. Bancas de blocs, jardines descuidados, grafiti por todos lados y un anuncio caído de la administración que lo “restauró”. Espacios que invitan más a delinquir que a convivir.
Al menos al día siguiente una nota de EL NORTE me levantó la cara: Monterrey destinará 68.5 millones de pesos de recursos federales a parques y plazas -que estaban originalmente destinados a obras en vialidades.
Pese a que vivimos hundidos en baches y pavimento en pésimas condiciones, esto es una buena noticia siempre y cuando se ejecute de manera correcta.
El diseño institucional de los municipios y sus áreas encargadas de parques y espacios públicos está mal incentivada. El objetivo es inaugurar un parque y ya con eso “cumplimos”.
Son esfuerzos desarticulados con los que se presume típicamente en época electoral, y que no forman parte de una estrategia integral y angular del desarrollo urbano.
Vemos la promoción publicitaria de inversiones millonarias en nuevos parques. Lo está haciendo San Pedro con el Parque Mississippi y ahora Monterrey con esta asignación de recursos. Pero lo importante no es inaugurar para tener una publicación más para Instagram, sino hacerlo con una estrategia de desarrollo para la Ciudad.
Hablando del Río Mississippi, veamos el caso de Minneapolis y St. Paul. Desde 1883, se diseñó un sistema integral de parques como motor del desarrollo del área.
Hoy, los parques unen ambas urbes conocidas como “ciudades gemelas”, permitiéndote recorrer más de 40 kilómetros de parques lineales que unen a otros de mayor tamaño.
Singapur, en la década de 1960, era un paraíso de la contaminación. Una ciudad sucia e insegura. Lee Kuan Yew, líder de la transformación del país asiático, fue conocido como el “jefe jardinero” por su convicción del rol de los parques como desarrollo del país.
Lo mismo sucedió en Denver con John Hickenlooper. Un dueño de una pequeña cervecería que decidió incursionar en la política para hacer de esa ciudad un buen lugar para vivir, con parques, esparcimiento y cultura.
Más recientemente, Estocolmo publicó su visión hacia el 2040. “La ciudad más inteligente” es su lema que se ancla en el desarrollo de un sistema de parques que otorgue mejor calidad de vida.
Los municipios del área metropolitana tienen un diamante en bruto: sus montañas. Y pueden ser capitalizadas rodeándolas de un sistema integral de parques que permita hacerla la mejor ciudad para vivir y que, como sucedió en Minneapolis, Denver y Singapur, genere mayor inversión, desarrollo y calidad de vida.
Parques no sólo construidos bajo este paraguas estratégico, sino operados con el mismo fin, cuyo mantenimiento sea eje de la administración municipal y que permitan elevar la calidad de vida de sus usuarios.
Porque los parques son tan buenos para la comunidad como sean utilizados, no por cuántos haya o cuánto se les invirtió.
Operen, mantengan y cuiden los que tenemos. Después agregan más.