Publicado en WHITEPAPER el 11 de julio de 2023
Tan pronto inició el verano y aprovechamos para llevar a nuestras hijas de viaje. En la carretera nos topamos con un retraso: casi un kilómetro a vuelta de rueda. El motivo era un retén militar en la frontera entre Nuevo León y Tamaulipas: nos demoró casi una hora — más de lo que tardamos en cruzar la frontera a EUA.
Tras la impaciencia de mi familia les insistí: “debe tener su razón”.
Las políticas públicas — en teoría — tiene un solo objetivo: mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Toda acción que emprende el gobierno debe buscar ese fin que puede lograrse de muchas maneras: invertir en infraestructura para brindar servicios públicos de calidad, utilizar recursos para detonar sectores estratégicos, propiciar un ambiente de confianza a la inversión que fomente la generación de valor, y claro, imponer un retén para garantizar la seguridad.
Lo mismo debe suceder con las leyes: deben existir para regular y supervisar el cumplimiento a las reglas del juego y asegurarnos que el sector privado y público se desempeñen con calidad y en de acuerdo a los principios de sostenibilidad, igualdad y justicia, entre otros.
Ni la política pública ni la legislación debieran estorbar en las acciones de los privados que conduzcan a mejorar la calidad de vida. Mucho menos impactar negativamente en ello. Todo lo contrario: el sector público debe ser impulso para que el sector privado pueda generar una mejor calidad de vida a través de la creación de valor (que termina por dar empleo, mejores remuneraciones y crear mejores productos y servicios).
Pero la realidad suele ser distinta. El sector público es reconocido — mundialmente — por políticas plagadas de burocracia, lentitud en resolver e ineficiencia en los servicios que provee. Las leyes terminan por ser un Frankenstein. Se le adicionan y se modifican en reacción a lo que sucede. Rara vez son puestas como reglas antes de que el juego comience, lo que ocasiona un mundo de lagunas legales e interpretaciones dando cabida a industrias enteras dedicadas a minimizar su impacto.
Esto lo entendió muy bien Dubái y como lo menciona Sheik Mohammed Bin Rashid Al Maktoum en su libro “Mi visión”, este fue uno de los principales enfoques para detonar el desarrollo que han logrado. Su objetivo fue introducir excelencia en el sector público para que esté al servicio de las personas y del sector privado, eliminando obstáculos, facilitar servicios y reducir burocracia al mínimo posible. En su opinión, el sector privado y el público, deben ser dos detonadores empujando hacia el mismo lado en lugar de ser antagónicos.
Tras una hora, llegamos al retén y a mi oportunidad de demostrarle a mi familia impaciente que esto debía de tener una razón. Nos encontramos con un par de soldados de la Guardia Nacional que compartían un queso a más de 30 metros de distancia. Nadie revisaba nada y de reten tenía muy poco.
Una política puesta en práctica sin perseguir ningún beneficio: no ofrecía mayor seguridad o celeridad al viajero. Al contrario, se convierte en factor para perder horas hombre, quemar gasolina sin sentido y mermar la experiencia del usuario de la carretera.
Una política que en lugar de fomentar, desestimula la productividad. Que espanta al extranjero que quisiera vivir, visitar o invertir en nuestro país. Una política que quizás nació con una razón muy específica pero que hoy se sigue llevando a cabo simplemente porque lleva años realizándose y nadie se ha atrevido preguntar ¿y esto para qué sirve?
Quizás esté fuera de nuestro alcance hacerle llegar esta pregunta a la Guardia Nacional, pero de una manera u otra, interactuamos con algún nivel de gobierno. Cuando podamos, cuestionemos sus políticas y cómo cumplen con su objetivo final: mejorar nuestra calidad de vida.
Pero hagámoslo con el espíritu que mencionó el Sheik: sin ser antagónicos, sino empujando hacia el mismo lado. Demostrando que si nos da el campo e impulso correcto, dejará que nosotros, el sector privado, contribuya al mismo fin: mejoren nuestra calidad de vida a través de productos y servicios de altura.
Y para exigirlo, habrá que cumplirlo.