La magia del capitalismo


Publicado en WHITEPAPER el 25 de enero del 2024

“Insultó al 90% del salón. Fue un mensaje repetitivo”, dijo un excompañero argentino en un grupo de WhatsApp de la maestría a la que fui. “No se ha podido quitar el chip electoral”. 
A pesar de haber votado por él, a mi compañero no le gustó el reciente discurso del presidente de Argentina en Davos. Le había parecido demasiado encumbrado como para resolver los problemas muy reales que atraviesa hoy su país. 

De cierto modo, la crítica de mi compañero es en respuesta al contexto académico de Milei, quien habla en cifras y repeticiones para subrayar su tesis. Puede sonar hasta terco. Pero, en el fondo de su discurso yace una cuestión fundamental de nuestra sociedad y que el capitalismo aborda de manera certera: el alineamiento de los intereses individuales para el bien común.

En los últimos años me ha tocado participar en la mesa directiva de una asociación donde se propuso mejorar la oferta de uno de sus servicios. Pero, como todo cambio, esto trae consigo una pérdida: un incremento en la cuota mensual que los asociados pagan y modificaciones en la manera en que están acostumbrados a recibir el servicio. Se intentó, pero el discurso de ventas de ver por el bien de la asociación resultó ser un concierto sin audiencia.

Recordé mis primeras clases de economía. Adam Smith no estaba equivocado: el ser humano es egoísta. Ve su propio bien y está indispuesto a cambiarlo por el bien común si no va acorde con sus aspiraciones individuales.

¿Cómo podemos lograr que el empresario vea por el medio ambiente antes que su bottom line; que un gerente empuje por las metas de la empresa y no solo las de su departamento; que un alcalde vea por su ciudad antes que su proyecto político; o que un socio vea por el club deportivo antes que su interés personal?

Sin un alineamiento de intereses individuales y grupales, viviremos en la famosa tragedia de los bienes comunes: cada quien consume el agua que en lo individual nos apetece sin darnos cuenta que, si cada quien hace lo mismo, secamos el pozo.

Pero, a su vez, ahí mismo radica el secreto. Dale Carnegie lo dijo en 1935: “si quieres influir a una persona, encuentra qué es lo que quiere y ayúdalo a encontrarlo”. O dicho de otra manera, si le das al clavo en sus aspiraciones, no hay manera que te digan que no.

Ahí está el reto: crear esquemas, productos y soluciones que alineen los incentivos individuales con los grupales.

La religión católica lo entendió muy bien. Su ideología —por cierto quizás una antítesis del capitalismo— persigue el bien común pero la recompensa que ofrece (la salvación eterna) es individual. Si sigo las reglas de las escrituras, me salvo solo yo, pero al salvarme contribuyo al bien común.

La magia del capitalismo está en que no solo entiende los incentivos del ser humano, si no que lo convirtió en un sistema para aplicarse y resolver los grandes problemas que nos han aquejado a través de la historia: pobreza, subdesarrollo, salud, higiene…  

El capitalismo recompensa al individuo que arriesga y que a su vez pone a disposición productos y servicios de la necesidad y gusto del consumidor. Con ello genera una ganancia grupal: generación de riqueza, desarrollo de mejores tecnologías y, como dijo Milei, un progreso económico superior a cualquier otro modelo.

Claro, el capitalismo, como cualquier modelo, tiene sus fallas. Ha podido resolver grandes temas, pero a su vez generar muchos otros. Entre ellos, el cambio climático y la desigualdad económica. Pero dada la naturaleza humana, el capitalismo es su propio antídoto: si encontramos como le es rentable a una empresa o a un individuo atender el medio ambiente, dirigirá su atención y recursos a ello, y eventualmente lo hará.

Lo mismo aplica en distintas instancias. ¿Ves que los colaboradores no hacen el uso que desearías del esquema remoto o híbrido? ¿No se esfuerzan lo necesario para lograr sus metas trimestrales? Cuestiona cuáles son sus incentivos y recuerda a Smith, quien dijo que el individualismo es el método para lograr el orden y la prosperidad como sociedad.

Allí fue donde fallé con mi asociación. El lograr una mejora de aquel servicio implicaba que como individuo pagamos todos más y encima cambie un esquema con el que la mayoría estaba cómoda. La mejora a nivel club que sería poco palpable a nivel individual. Mi objetivo a nivel club estaba desconectado y hasta se contraponía con sus objetivos individuales.

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Eugenio Garza

Buscando un mejor México.

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