Propuestas vs. Emociones

Dependiendo de su posición en el tablero, en el debate del domingo los candidatos emplearon las tácticas que mejor creen que los pueden llevar al triunfo.

Jaime Rodríguez utilizó viejos trucos que los nuevoleoneses ya conocemos para intentar tomar por sorpresa al resto del País. Generó polémica con su propuesta de “mochar manos” a los corruptos. Un tipo de propuestas que dejan perplejos a muchos, pero que a la vez no se dejan de comentar.
Mal que bien, se posicionó en las conversaciones de muchos y en el WhatsApp de otros más.

Margarita Zavala con su discurso sobrepreparado, nerviosa e inexperta, trató de capitalizar en vano el sexenio de su esposo. No fue su mejor juego, pero a la vez no tenía mucho que perder.

José Antonio Meade y Ricardo Anaya buscaron meter goles por donde pudieron, más que nada pegándole al puntero: Andrés Manuel López Obrador.

Meade buscó también, sin mucho poder de convencimiento, tirar el equipaje lleno de corrupción que le encomendó el PRI. Pero por más que logra irse deshaciendo de algunas maletas, al llegar al mostrador la báscula muestra un claro sobrepeso y una amplia factura que cubrir.

Anaya jugó en la cancha que conoce bien. Un espacio en donde el electorado busca argumentos, propuestas y datos que él, mejor que el resto, sabe comunicar.

Se vio preparado, cumplió con los tiempos dictados, con argumentos bien estructurados y con bases. Para muchos, logró posicionarse como el único rival que puede vencer a López Obrador.

Sin embargo, la ventaja es amplia y AMLO lo sabe. Es tan amplia que éste lo dejó en claro con la reciente encuesta de Grupo REFORMA en mano.

A eso iba Andrés Manuel, a mostrar que es el puntero. A esquivar disparos, pues lo único que busca es que no pase alguna tragedia en los 68 días restantes antes del 1 de julio.

Se aferró al guión. Cuidó el marcador a quemarropa. No atacó ni tomó riesgos. Prefirió callar para evitar caer en errores, estrategia que no emociona ni convence, pero tampoco daña. Cuando tienes puntos de sobra, no hay que ganar más, sino únicamente conservar los que se tienen.

Anaya puede ser el único en ganarle el partido a Andrés Manuel, sí. Pero para hacerlo debe cuidar que lo que es una de sus principales ventajas no se convierta en una severa debilidad: su retórica con amplio sustento y datos.

Y es que la historia moderna de la democracia nos ha enseñado que las elecciones se ganan con emociones, no con datos.

El politólogo de UC Berkeley, Gabriel Lenz, demuestra que suponemos que el voto es una decisión racional y bien estudiada, pero que en realidad nuestra conducta política es gobernada por las emociones, no por las propuestas.

Alejados de la teoría, la empresa Copypop, cuyo negocio es la medición de la efectividad de publicidad en consumidores, argumenta que el 90 por ciento de un cambio en la intención del voto se debe a la reacción emocional que el votante tuvo ante un spot o comunicación del candidato.

Brexit generó un sentimiento de añoranza de los “viejos buenos tiempos”. Trump creó el sentimiento de que Estados Unidos había perdido su “grandeza” y habría que recuperarla con él.

En el 2006, Felipe Calderón sembró un sentimiento de miedo y peligro si AMLO llegaba a la Presidencia. Su campaña “Un peligro para México” generó el temor suficiente para llevar al votante a marcar el nombre de Calderón en la boleta.

Sería muy bueno ganar con argumentos y propuestas, pero las elecciones se ganan con emociones. Y éste es un juego que AMLO domina.

Mientras Anaya habla de Elon Musk y Tony Blair, López Obrador fortalece un sentimiento de descontento con el sistema actual y una sensación de urgencia a buscar una nueva alternativa no probada antes.

Si Anaya quiere ganar la elección, debe jugar también en esa cancha. Ya comprobó su conocimiento y su habilidad para comunicar conceptos complejos. Para ganar, debe ahora enfocarse en generar emociones que muevan al electorado hacia él.

De no hacerlo, AMLO se puede despreocupar y dejar que corra el reloj que juega a su favor.

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Eugenio Garza

Buscando un mejor México.

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